Romà Escalas me comisionó en 2013 para que fotografiara el portulano de Gabriel de Vallseca. Depositado en el Museo Marítimo de Barcelona, esta carta náutica sobre pergamino se realizó en 1439 en el taller de Palma de un judío converso. Perteneció a Amerigo Vespucci, quien pagó ciento treinta ducados de oro por él. Mide aproximadamente 0,75 x 1,12 metros y representa con gran detalle el mundo como se le conocía entonces. Abarca de las Azores al Golfo Pérsico y de Noruega al Sáhara. En 1892 el capitán de navío José Gómez-Imaz realizó una copia facsímil del portulano y comprobó su gran exactitud comparándolo con las cartas marinas más modernas. Hay una anécdota que relaciona este portulano con la estancia en Mallorca de George Sand y Chopin entre noviembre de 1838 y febrero de 1839. En una visita que la pareja hizo a quien entonces lo poseía, alguien volcó un tintero sobre uno de los bordes, como atestigua la mancha que aun perdura.
Romà Escalas deseaba usar la franja central como fondo de una exposición de chirimías en el Musée de la Musique de Céret. La calidad de la fotografía tenía que ser máxima, porque la impresión iba a medir 2 metros de alto por 8 metros de ancho. Para complicar aun más un trabajo que ya era en sí mismo de difícil ejecución, el portulano no podía salir de la vitrina en que se exponía, una sólida caja metálica algo mayor que el mapa, tapada por un grueso cristal de seguridad, que estaba instalada con una inclinación de 15º para facilitar la contemplación de la parte superior.
Solo había una manera de conseguir que la fotografía del portulano tuviese el detalle adecuado que el encargo requería: hacer una serie de fotografías, de izquierda a derecha y de arriba abajo, y posteriormente montarlas en el ordenador con un programa de cosido de imágenes para elaborar panoramas. La distancia de la cámara al mapa fue de unos 25 cm, y cada fotografía se solapó un 50% con las contiguas. Esa redundancia era importante, pues la superficie del pergamino no era plana. Para que la cámara se pudiese pasear por encima del portulano fabriqué un vehículo, una plancha de aluminio de 1 cm sobre la que iba fijada una pequeña columna que sostenía la cámara y dos brazos laterales que aguantaban sendas antorchas LED a 45º con las que resolví la iluminación del área a fotografiar. Este vehículo lo fui desplazando sobre un conjunto de tablillas de alturas convenientemente moduladas de manera que acabase habiendo doce hileras en sentido vertical. El movimiento regular de izquierda a derecha se rigió por una sucesión de veintidós marcas sobre las tablas.
Doce hileras de veintidós imágenes cada una proporcionó un total de 264 fotografías. Para resolver el encargo usé, en definitiva, el mismo concepto de fotografía aérea que se emplea en cartografía. Solo que aquí no se sobrevoló la superficie de la Tierra, sino la representación que de ella tenía el siglo XV.